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domingo, 17 de julio de 2011

Desafío en Gredos (cuaderno de bitácora)

Epílogo

Durante la vuelta a casa me invadió el sentimiento de no querer que se acabase aquello. Me había evadido de Madrid y me lo había pasado muy bien. Por momentos me apetecía dar un volantazo y regresar. Pero para cuando iba a ser valiente de verdad ya estaba en casa. Poco más se puede decir de este viaje, del cual no he dicho que fuese su fin definitivo, solo ha sido una etapa, el viaje sigue. Los que esta vez no han podido venir se les ha echado mucho en falta. Hubiése necesitado ciertas risas y compañías que tuve por ejemplo en Toledo. Ya habrá más ocasiones, otras aventuras, viajes, que sin duda realizaremos.
Este final no es más que unas líneas de agradecimiento a unos grandes amigos. No os enumeraré por si me dejo a alguien. Os pongo la última foto y la siguiente canción, cuya letra define perfectamente la amistad y muchas cosas más. Hay gente que ve reflejado a Cristo y todo.


http://www.youtube.com/watch?v=dDSjXblLt80 (Canción Amigos de guardia)


FIN



J.V.F.

Desafío en Gredos (cuaderno de bitácora): Capítulo IV

El cura campechano

Se me había hecho corto los días en Gredos. Antes de llegar ya quise quedarme, y antes de marcharme ya quería volver. Con este pensamiento en la mente puse la mochila rumbo a la plataforma. Seguí nuevamente los pasos de Javi. Esta vez no cerraba el grupo. No sabía que pasaba tras de mí, luego no puedo contar mucho de la angosta subida que el primer día fue una "agradable" bajadita hacia Auschwitz. Durante la subida tuve tiempo de pensar en muchas cosas. Sobre todo en una que echo en falta más de lo que podría imaginar tras más de un año de ausencia. Los ojos se querían tornar vidriosos, pero la fuerza por no hacerlo y que me vieran de tal sisa no era menester en su sitio tan maravilloso para los sentidos como es Gredos. Al parar brevemente en la primera fuente el grupo se unió. Repostamos los bidones, botellas y cantimploras con el milagroso agua que no necesita el adictivo té ni las gotitas de lejía.
- ¿estás bien, mister?- preguntó Nacho.
- Sí, ahora voy, id tirando- respondí.
Unos pocos metros más arriba hicimos el descanso de unos diez minutos. En el mirador. Una valiente cabra se atrevía a acercarse más de la cuenta a los visitantes en busca quizás de variar un poco su vegetariana dieta por unas galletas, kikos, o salchichón!!
Yo cargaba con la guitarra. Me estuve acordando de a quien se le ocurrió traerla todo el tiempo que cargaba con ella (es broma, no fue todo el rato). Todo el mundo me miraba. Se preguntaban qué diablos hace un tipo con una guitarra aquí. Es como si uno se marcha a subir el Everest y se lleva una guitarra o algo peor, un armario con perchas para que no se le arrugue la ropa (uff se me está llendo demasiado). Tras alcanzar la zona alta de la montañita arrancaba un descenso plagado de domingueros camino a la Laguna Esmeralda probablemente más que a la Grande.
-¿Nos falta mucho?- preguntaban los ignorantes cada vez más lejos de su destino.
Uno se tenía que reír y contestar que no mucho. Mientras bajaba pensaba en lo mucho que le gustaría ese lugar a quien pensaba durante la subida. Luego, pasado un rato reflexionando solo, dejé de pensar en esas cosas y me centré en llegar al coche. Aún había bastantes cosas que hacer ese día y no estábamos como para perder el tiempo.
Cuando llegamos a la Plataforma volví a mirar el reloj. Habíamos tardado mucho menos que en la ida. También íbamos menos cargados eso es verdad, pero me da a mí que las ganas de pillar coche y de volver a casa a echarnos en un colchón tiraba más rápido de nuestras piernas. Allí pudimos decir que el Desafío estaba ¡Conseguido!



Lo siguiente era bajar al pueblo más cercano a una misa. Curiosamente acabamos a eso de la una en el que estaba a los pies de Gredos. Tocaban las campanas la llamada a la casa del Señor.
- Veo a la gente muy de domingo Ana- dije en voz baja.
- Esto parece un bautizo o algo así- dijo la pequeña Ana con una sonrisilla.
- Esto va pa´largo- dijo Javi.
Cuando la cosa empezó todo parecía ir bien. Todo estaba en orden. Pero durante la homilía comenzó el cura a realizar un -perdonadme que lo diga así- "monólogo semihumorístico" debido a su peculiar trato y forma de expresarse. El hecho de contar las cosas de una forma directa y sencilla le daba ese toque de gracia y de campechano al hombre que a mí me hizo llegar lo que él quería transmitirnos a los allí presentes.
-Y es que la Santísima Trinidad no es un misterio, es una realidad. No me cansaré de repetirlo- dijo varias veces (y las que llevaría de las anteriores misas)
La misa proseguía y de nuevo regresó el humor en el momento del bautizo. Pues preguntó a los padres del chaval que si querían bautizarlo. Y tras el sí paternal dijo: "bueno, pues vamos a bautizarle". Ale, como quien no quiere la cosa, jajaja.
Pero la cosa no acaba aquí, durante el momento de darnos la Paz los unos a los otros, vino a decir una cosa así: "La Paz, sea con vosotros!!". Entre risas no tuve más que contestar igual de campechano "¡y con tu espíritu!". "Daos fraternalmente la paz!!" (inquirió de manera alegre) No se podía decir que no.
En ese momento, debido quizás a nuestras pintillas de aventureros que solo pegaban en la montaña, noté que no todo el mundo de los allí presentes quería dar la Paz. Se hicieron los suecos. Ana y Javi saben bien lo que digo.
Tras una agradable misa y recibir una rosquilla en honor al bautizado había que buscar un sitio para comer. Lo hicimos en un pequeño espacio en un "area de descanso" de una gasolinera. Allí la llamada de la selva hizo su aparición. ¡Menos mal que eran unos servicios limpitos!. Los primeros que veo así en una gasolinera. El menú de la comida era variado respecto a los días anteriores. Atún con y si tomate, mejillones, sardinas, patatillas fritas, naranjas, manzans, zumos sin azucar, agua fresca... Durante esta parada comenzó la discusión por el dinero. Que yo he puesto el peaje, que este otro aún no ha pagado, yo puse el refugio, ¿cuánto es en total?, a mí decidme lo que me toca pagar, yo te debo tanto, saca la blackberry y suma... La cabeza me iba a estallar. Quería cortar aquello por la vía rápida. Al final parece que salieron las cuentas. Y pudimos retomar la marcha. La siguiente parada, El Escorial, primera despedida, Bal.
La salida fue por la antigua nacional y fuimos por los pueblos hasta Las Rozas, lugar dónde tomamos la A-6. Canciones diversas sonaban por un lateral del coche y las cantábamos como buenamente nos sabiámos mientras Ana hacía como que intentaba dormir algo en el asiento de atrás. With or without you, where the streets have no name, Pride (in the name of love), El dorado, Carolina, Cartas de Amor, grandes canciones sin duda. Así llegamos a nuestro lugar de partida, la puerta de la Universidad. Allí nos despedimos el resto y nos repartimos las sobras de los víveres. El viaje había terminado.

lunes, 11 de julio de 2011

Desafío en Gredos (cuaderno de bitácora): Capítulo III

Una esmeralda entre rocas y cabras

El desayuno nos puso a tono a todos los allí presentes. Cargamos las mochilas como si de plumas se tratase, aunque a los cinco minutos regresaran las quejas y las peticiones de pausa antes de seguir. Javi marcaba la senda como de costumbre, pero Nacho investigaba paralelamente con más tino un camino más suave y menos empedrado.
El ´Marqués´ se puso en cabeza, se lió el palestino a la cabeza y puso velocidad crucero hasta el final de la Laguna Grande. Allí hicimos el alto.
-Aquí podemos dormir esta noche- se comentó.
Unos metros por encima nuestra, en la pared de la roca, divisamos un hueco que era perfecto para esconder las mochilas.
- ¡Pero como vamos a esconder las mochilas!, yo me apunté a un viaje de relax, nada de traqueteo Javi- dijo Anita con más sorna que verdadero cansancio.
-Ana, así es como se hace en la Milicia (ya tuvo que salir el tema de la Milicia!!)Jorge, ayúdame a subir los macutos.
Aquí se iba a producir un caso curioso hasta entonces no probado, ¡la mochila de Nacho pesaba menos de lo esperado! las nuevas pruebas apuntaban a que en el grupo había una equivocada tercera mula de carga. Sí, digo mula, porque mulos éramos dos. La tercera era una fémina. Qué digo fémina, superheroína. Me estoy refiriendo a la más jóven a la par que más seria y preocupada por todo y todos, Mónica. Sé que será duro asimilar que el "pobre" de Nacho era un fortudo que cargaba víveres como un sherpa, pero no es así, quizás el primer día tenía cierto peso su macuto pero no el resto, ¡oh malandrín qué callado lo tenías!
Una vez escondidas las mochilas pusimos rumbo,con ropa de baño en mano, a la Laguna Esmeralda. A los pies del Almanzor y del "Perro que fuma". Allí ocurrió algo previsible para la gente muy blanquita de piel, el color cangrejo, también conocido como quemadura por lechoso. Javi, como hombre valiente y aventurero fue el primero en cambiarse de muda y explorar el interior de la Laguna. Por sus espasmos y sonidos guturales pronto nos dimos cuenta de que el agüita estaría bastante fresquita. He de admitir que pensé bastante rato el cambiarme para lanzarme a las profundidades de semejante maravilla acuífera pero al final me armé de valor. Salté, sí salté. El frío recorrió mi cuerpo en menos de lo que duran los segundos, había que moverse rápido, ahora entiendo los espasmos de Javi. Gritaba cosas impronunciables e ininteligibles, pero se me entendía, tenía frío. Como pude salí de la poza natural y corrí raudo hacia la toalla.
-No me vuelvo a tirar- dije (pero también me equivoqué).
Llegó el momento de las chicas. Su pase de modelos de bañadores verano 2011 se hizo esperar su tiempo. Se acercaron con paso firme y elegante, como buenamente puede ser un paso elegante entre rocas. Parecían modelos de Carrefour. Estaban muy bien. Comenzaron su incursión en la Esmeralda como las abuelas, poquito a poco, primero los tobillos, para que el resto del cuerpo se fuera aclimatando, luego tocaba sentarse en la orilla y frotarse el cuerpo previamente requeteuntado de crema solar factores inverosímiles (90 incluso), que aquello no era crema solar, ¡era salsa ali-oli!. El siguiente paso era el un, dos, tres, y a la vez cayeron como unas valientes cobardes en las gélidas fauces de la laguna, aunque más que laguna por su tamaño era una charca profunda. También las cosas como son.
Tras el momento ladies, el segundo momento de los valientes. El fin no era otro que como la primera vez había sabido a poco... pues había que repetir, y también para abrir un poquito de boca, que comer sin hambre no nos gusta a ninguno.
Durante la comida a la orilla de la Esmeralda, una barra de salchichón se erigió como la reina de la tarde junto con la bolsa de kikos. Las cabras que son muy listas, cuando vieron la oportunidad de tener comida de parte de los forasteros se acercaron con miedo pero sabiendo lo que hacían. Buscaban alimento y engancharon.
La tarde dio para mucho, siesta, exploraciones de saltos de agua, dar comida a las cabras... En cuanto a las exploraciones: Vale que cuando más alto subas, más pura será el agua, estoy de acuerdo en echarle las gotitas de lejía y luego el milagroso y adictivo té, pero como bien dijo Mónica "¿acaso al agua de las fuentes de aquí no hay que echarle la lejía también?" mmm curioso juicio, ¿qué tendrá que responder Agrela a semejante cuestión? ¿intentó Javi intoxicarnos con la lejía? ¿nos quiso hacer adictos al té? estos misterios aún están sin resolver, pero se conseguirá, igual que se hizo con la mochila del Marqués.


De vuelta ya a la Laguna Grande y con las mochilas recuperadas sin haber sufrido ninguna pérdida, comenzamos una velada especial. Jugamos a una especie de Party pero sólo con las tarjetas. Tres grupos se enzarzaron por conseguir el mayor número de puntos. El tándem Javi-Mónica (los milicianos), el trío Ana-Bal-Cris, y el dúo casi humorístico Nacho-Jorge (marqués-duque). La primera pareja rápidamente hizo gala de su cultura general y pronto se puso en cabeza, pero esto como no es como empieza y sí como acaba, terminó por cambiar de rumbo hacia el lado de los amos de la pantomima y justos administradores de la puntuación, que al final estuvo muy reñida, ganamos con 14 puntos Nacho y el firmante de semejante cuaderno, seguidos de cerca por los milicianos y a un punto del segundo puesto las tres señoritas que también jugaban. Como diría Fernando Alonso, Javi quedó el primero de los últimos.
De nuevo el hambre llamaba a nuestros estómagos. Al de Bal sobre todo, no paraba de querer comida. Cenamos lo de siempre, tampoco debemos recrearnos en una nueva mención de los alimentos. El tiempo empezaba a tornarse fresquito. El abrigo se necesitaba, algunos locos pusieron los gorros a la cabeza. Pronto el querido e indispensable lumen hizo su entrada en la acción.
Sin luz solar tocaba dormir, ¿o soportar una "inquietante" historia de miedo? Fue una noche curiosa. Al principio no había luna. Las estrellas estaban preciosas en el firmamento y Nacho se moría de frió y sed mientras que las chicas se acurrucaban como larbitas en sus sacos para coger la mejor postura. Javi me enseñó algunas estrellas, la P se San Pablo. Pero pronto todos caímos en el primer sueño gracias a las nanas que las ranas nos ofrecían desde la orilla e interior de la Laguna. Así transcurrió todo, al menos lo que yo recuerdo, pues para nada Javi y yo tuvimos noción de que Nacho se preparó una hoguerita por un breve periodo de tiempo hasta que la yesca ardió y luego sus penurias hasta recibir en su interior el jugo de un zumo que le calmara la sed.
El segundo sueño no llegaría hasta después de acostumbrarnos a la deslumbrante luz de una luna amarillenta, casi naranja que realizaba un eclipse con su hermano sol en plena noche. Parecía de día, pero eran las tres y pico de la noche. La luna estaba preciosa, y hacía más perfecto aquel lugar si cabe.
A la mañana siguiente, Javi, con su gracia particular, y confundiendo con pequeñas cabritillas a las larbitas despertó a base de palmas y ritmo de "arribaaa, arribaaa" a nuestras queridas chicas. Quienes pudimos divisar aquella estampa tenemos que decir que no tuvo precio verla, pero que no son formas de despertar a alguien teniendo la oportunidad de levantarles con "el pedazo" la canción del verano que bien canta Cherito y ya todo el mundo.



Tráiler para la próxima entrega: Un regreso agónico hacia los coches. Fuentes de agua que no necesitaban las gotitas de lejía. Un cura campechano, un bautizo. El regreso a casa...

jueves, 7 de julio de 2011

Desafío en Gredos (cuaderno de bitácora): Capítulo II

Auschwitz y la Laguna Grande

Fue repartirnos la comida por los macutos, ponérnoslas y como se suele decir "tiramos p´al monte". ¡Cómo pesaban las condenadas!. Estaba acabando la tarde y arrancamos la marcha rumbo a la Laguna Grande. Según lo previsto se suele tardar unas 2h y 30 min, pero todo el mundo sabe que o eres un experto o siempre te pica el reloj algunos minutillos más en la línea de meta.
La cosa rápidamente se inclinaba hacia arriba sobre terreno pedregoso y un tanto incómodo para según que calzados. Íbamos bien equipados en ese aspecto. Javi se puso a marcar el ritmo. -"Jorge, tú cierra el grupo"- dijo, aunque quien lo acabó cerrando fue Ana, siempre acompañada por Cris. Entre las dos formaron un tándem perfecto, la cola del tren. Siempre al final pero nunca sueltas. Pronto vimos a Javi en la lejanía, tirando muy fuerte. Quería llegar pronto, mejor dicho,aún con luz del día.
El terreno no parecía allanar por ningún momento, siempre cuesta arriba. Lo que suavizaba era el pavimento, el caminito de cabras en el sentido más literal de las palabras. " Javi, ¿cuánto falta?", "¿queda mucho?", "¿cuándo paramos?", "me pesa mucho la mochila", "tú quieres matarnos" son expresiones que se llegaron a oír durante la travesía. La mayoría venían de la cola del tren y suerte que se marchaban colinas abajo y pocos las escuchaban. Había que concentrarse en acompasar la respiración con el paso, un dos tres, un dos tres. La mirada se fijaba en un punto a alcanzar y no se cesaba hasta llegar a él y luego hasta el siguiente lo mismo. De esta guisa llegamos a lo alto de un montón de sedimentos. Había allí una fuente. A quien se le ocurrió la idea de ponerla allí se coronó, nos dio la vida. Un par de buches a ese líquido fresquito que manaba de un grifo de forma inagotable. Un vistazo al horizonte mientras el sol se empezaba a esconder hasta mañana. Primer contacto con la ropa de abrigo, sudaderas, jerseys de lana de la primera temporada de Cuéntame, pañuelos al cuello o a la cabeza, boinas carlistas para ciertas cabezas. Y toma de la última bocanada de aire sin mochila. Después llegaba lo más sencillo, remontar la cima y comenzar el descenso a lo que se presentaba como el apacible refugio.
Cuesta abajo todo es más sencillo. Quienes al principio cerraban el grupo luego casi lo encabezaban. Javi nunca dejó esa opción. No caerá esa breva parecía decír con su paso firme, ligero y su mirada de daros prisa que se nos echa la noche encima. Fueron momentos de conversaciones cercanas, las chicas a lo suyo, Nacho y yo a lo nuestro. Así, entre un camino emparedado por arbustos con bayas y flores amarillas fuimos empujados por la naturaleza al mirador. Se veía toda la sierra. ¡Qué maravilla! y el sol poniéndose creando un paisaje de colores inverosímiles que nos impactaron a cada uno a su manera. Pero no teníamos mucho tiempo, la luna ya quería tomar el relevo al sol, a la luz, y nos hizo sacar las linternas y el lumen. Así continuamos el descenso, con mucho tiento y acierto para no equivocar la pisada. Y mientras tanto las cabras, a su ritmo, pasaban como si de una transumancia se tratase por nuestra derecha.


Nuevamente nos impacientamos y las mismas frases que al comienzo eran comentarios jocosos se tornaron en una leve crispación achacada al cansancio de todo el periplo realizado hasta el momento, más lo que traía cada uno ya de su casa. "El refugio son aquellas luces" dijo quien ya podréis imaginar. "Venga no os paréis". A medida que uno se iba acercando las luces ya se iban haciendo menos difuminatorias e iluminaban con más acierto lo que parecia un caserón situado a los pies de las montañas -como el pueblecito de Marco (este hay que pillarlo, es humor inteligente).
-"Buenas noches"- dijimos con mucho cansancio.
-"Buenas noches"- contestó parte del aforo del refugio que estaba en la entrada reposando la cenita.
Había que pedir un sitio y las llaves de las taquillas. Los bultos parecía que no iban a caber en semejantes celdillas, pero he aquí las maravillas de la ciencia que provocaron la cabida de los macutos. A continuación cenamos entre penumbras a la luz del lumen, tras la bendición previa, unos bocatitas de atún y tomate, algo de frutos secos y lo acompañamos con té, un adictivo té de limón, zumos sin azúcar, y algunos valientes se atrevieron a catar los primeros batidos.
Antes de dormir había que visitar las letrinas para asearse un pelín. Menudo sitio. Ni en los barracones de los ejércitos de los años de comienzo del siglo pasado estaan tan faltos de glamour. Pues bien, allí puedo decir que hubo cambios de lentillas, cepillados de dientes, pises y lavados de manos, mientras se trataba de aguantar el hedor. De ese recoveco del refugio salimos más fuertes. Ya nada nos podía sorprender... pero me equivoqué.
La habitación que nos tocó parecía un barracón. No somos judíos y los dueños no eran nazis a simple vista, aunque algo de hostilidad sí que noté al apagarnos las luces en el salón-comedor. No llevábamos estrellas en el pecho, nos echamos todos en esas literas. Nacho pronto se involucró en un sueño extraño. Todo parecía tranquilo, y cuando uno se acababa de dormir zas, el otro ala de la habitación entró haciendo ruidos estrambóticos. Como si no les importase molestar. "Joder qué calor" "cállate ya""mañana a las 7 arriba" "echa p´ayá que no quepo"" da la luz que no veo""tú que hay gente", y esto entre risitas pulgosas fueron quizás los cinco o diez minutos más largos de mi vida. Pasé miedo. Ahí lo dejo. Luego recuerdo que me dormí. El día siguiente nos depararía otra aventura.
Nos despertamos a ritmo de "El pedazo", sin duda, la canción del verano. Rondarían por nuestros relojes las 8 de la mañana aproximadamente cuando asomamos nuestras ingenuas cabezas al pasillo del barracón. Todo despejado. Luego se bajó a desayunar los cruasanes rellenos y los zumos y batidos dietéticos. "Me voy a comer una manzana me da a mí".
-¿Hoy qué haremos don Javier?- pregunté ingenuamente.
-Hoy subiremos el Almanzor- contestó Javi. Buscaremos un sitio para esconder las mochilas y tiraremos rumbo a ese gran pico, y luego nos daremos un bañito en la laguna esmeralda.
-Yo lo veo Javi, pero lo del Almanzor hasta que no deje la mochila grande como que no- Respondí con un poco de pereza.

miércoles, 6 de julio de 2011

Desafío en Gredos (el cuaderno de bitácora): Capítulo I

La llegada a La Plataforma
Hace ya tiempo, pero aún recuerdo perfectamente aquel día en el que Javi me dijo en una de nuestras cada vez menos comunes, por esa época, que estaba planificando realizar un viaje a Gredos, a la montaña. No me lo pensé, dije que sí. Siempre claro está que buscásemos una fecha decente, corrijo, buscase, pues por aquellos días ya se podía comenzar a palpar cierto agobio en la Universidad, los exámenes estaban cada vez más cerca, pero aún se podía respirar cierto aire fresco y tomar algún rayo de sol en los bancos del patio para ir cojiendo cierto morenito.
Con el paso de los días la idea se fue tornando en una realidad muy posible, y tal cariz llegó a tomar, gracias a la voluntad que se puso en ello, que se hizo realidad. Antes de comenzar exámenes ya se sabía que la propuesta se iba a llevar a cabo. Aquello me gustaba, me hacía mucha ilusión -supongo que no tanta como la que tenía puesta Javi, pues era difícil de igualar, aunque lo intenté, y por momentos de flaqueza durante los exámenes, sólo con pensar en lo que me esperaría, la igualé, sería demasiado soberbio decir que la superé.
Los correos electrónicos comenzaron a ser abundantes en mi bandeja de entrada. Había que buscar rutas, qué íbamos a hacer, qué materiales había que llevar, cuánta ropa nos llevaríamos, ¿hará frío, calor quizás? ¿no lloverá, verdad?, "he oído que hay refugios", "nada de eso, se duerme al raso" y así sucesivamente casi día tras día.
Finalmente se fijó fecha, del 17 al 19 de junio. Ya sólo quedaba comprar provisiones, y que la gente -que poco a poco iré introduciendo- se repartiese en los vehículos que nos iban a llevar hasta la Plataforma, el punto de partida de nuestra aventura.
Si bien es cierto que yo le eché un poco de morro, pues estaba en la playa la semana antes, casi no organicé nada. Casi por vergüenza fui a comprar las provisiones en cuanto llegué junto a Javi, Balbina - Bal, para los amigos- y Mónica - mi querida, siempre de modo cariñoso, teniente. Compramos de todo, incluso cosas innecesarias, como el zumo sin azúcar, o batidos light, menos mal que había gazpachito y fruta, siempre recordaré la bolsa de naranjas como hizo dos noches en el maletero del coche y las manzanas que apenas probé, y mira que había. Una vez comprado todo ya solo quedaba regresar a casa, bajar el macuto de la parte de arriba del armario y llenarlo con ropajes, víveres, materiales apropiados y necesarios y con ilusión, mucha ilusión. Al día siguiente nos esperaría el comienzo de una gran aventura, de un Desafío.
Tristemente, de la convocatoria inicial cayeron por lo menos 5 o 6 personas, pero ganamos una guitarra que nos dio la vida. Peor fue el mismo día de la partida, otra baja se sumaría a la lista de perecederos que no pudieron, quisieron acompañarnos por unas razones u otras. Mientras nuestras caras sonreían, nuestras almas lloraban en cierta medida por la falta de nuestros amigos, pero había que tirar p´alante, ya no se podía volver atrás, ¿o sí? ¡Había que ir a recojer a Nacho!
- " Pardiez, llega tarde este hombre!!"
Eran ya las 15:30 horas un viernes caluroso de junio y aún tocaba esperar un pelín más, pero pronto, a eso de las 16:00 conseguimos poner rumbo a nuestra pequeña "promised land".
El atasco de salida de Madrid no hizo gracia, la verdad, al menos por mi parte, pero la música, la conversación con el siempre emocionado y alegre Javi, hizo que el atasco fuese menos atasco durante una horita en la que Nacho se estuvo dejando medio cuerpo a la deriva mientras trataba de recuperar alguna hora de sueño que le faltaba por culpa del TFC, ¡dichosos TFC!
Tras la salida de Madrid, ya por tierras segovianas camino de las avilesas, el punto, o los puntos cómicos los puso mi Tontón, mi copiloto. Hasta en dos ocasiones tomamos el rumbo equivocado culpa de las señalizaciones. ¡Si es que en España las señales están para que uno se pierda! Menos mal que la Tomtom del otro coche, el de las féminas, conducido por una más que prudente Cristina, tomaba decisiones siempre acertadas gracias, en este caso a su tontona, Bal, la cual siempre supo llevar el rumbo correcto. Si no llega a ser por ellas no hubiésemos tomado la carretera de cabras correcta que nos llevaría a 50km/h durante más de 30 o 40 km, menos mal que era el camino, secundario, pero el camino al fin y al cabo correcto. Aquel camino nos llevó derechos por la via del zigzag hacia nuestro objetivo y punto de partida, La Plataforma.

martes, 31 de mayo de 2011

C- 2

Sentía que le perseguía alguien y aceleró su paso por el estrecho pasillo de la oscura casa. Sólo la luz de un pequeño candil le permitía ver unos pocos metros del largo y angosto pasillo. Llegó al córner, giró, y corrió hacia su habitación. Cerró la puerta con una rapidez pasmosa. El corazón le latía a mil por hora. Menudo susto se acababa de llevar la joven Molly.

Se quedó unos minutos pegada a la puerta tratando de escuchar o sentir a quien ella sentía que le acechaba. Al final no escuchó nada. Probablemente se asustó al ver alguna sombra un poco extraña proyectada en la pared mientras avanzaba hacia la habitación. Poco a poco se fue relajando hasta calmarse por completo. Trató de dormir para olvidar rápidamente el susto que su imaginación le acababa de dar, pero resultó imposible. Tuvo al final que arrodillarse al lado de la cama y realizar un rato de oración hasta conseguir la calma necesaria. Finalmente consiguió dormirse.



Por la mañana, al bajar al comedor, la pequeña Molly mostraba su cansancio con un enorme bostezo. No había dormido mucho.
-Buenos días señorita Molly ¿Cómo se encuentra usted?
-Buenos días Albert, buff, estoy un poco cansada, anoche dormí regular.
-¿Va a tomar lo de siempre señorita?
-Sí, tomaré lo de siempre, café, un par de tostadas y un vaso de zumo de naranja.
-Enseguida.

Mientras Molly degustaba el desayuno que Albert le había preparado, su padre, John F.Griffin, alcalde del pueblo, entró en la sala para saludar a su hija y avisarle de las órdenes del día.
-Hoy tengo que ir al rancho de los Hoover, parece que están teniendo problemas con la cosecha y van a tener que pedir ayuda y quieren que vaya a verles. ¡Malditos rufianes! quieren ganarme con la táctica de sacarme el lado sensible. Martha ya sabe lo que tiene que hacer. Tú acompañarás a tu hermana Monique a la ciudad a comprar unas telas para la habitación principal. Hay que ir cambiando el decorado.
-Está bien papá
-A las dos espero que podamos comer todos juntos.
-Supongo que llegaremos a tiempo.
Tras un largo sorbo a la taza de café que estaba tomando, John se puso de nuevo su sombrero, se ajustó bien el cinturón y se dispuso a marchar rumbo a casa de los Hoover.
-Me voy, que ya llego tarde. Deseadme suerte.
-Suerte señor- dijo Albert.
-Adiós papá- dijo Molly con un tono un tanto agudo y requetepijo.

-Bueno Albert, ya puede ir recogiendo, yo voy a subir a buscar a Monique para decirle que debemos ir a la ciudad. Nos vemos a la hora de la comida.
-Hasta luego señorita, luego la veo- Contestó Albert mientras recogía con sumo cuidado las tazas de café ya acabadas y los platos donde, hace unos minutos, descansaban unas apetecibles tostadas con una pequeña capa de mantequilla y mermelada de melocotón y frambuesas por encima.


¡Con cuidado Monique, que los zapatos costaron lo suyo, que no están para ensuciarlos en el barro! Le recriminaba Molly a su hermana mientras ésta bajaba descuidada del carro que les había acercado a la ciudad. La ciudad era distinta al pueblo, muchas más calles, más largas, más tiendas, más gente, casas de varias alturas, tugurios donde los ciudadanos que habían emigrado mimaban como si la vida les fuera en ello y, en verdad, la vida les iba en ello.
-Siempre me gusta venir a la ciudad- dijo Monique mientras aceleraba su paso para igualarse con su hermana.
-Tenemos que ir a la tienda de Rose, la de las telas, padre quiere que miremos nuevos diseños y que busquemos el más acorde a la casa, quiere remodelarla.
-Qué raro que venga de padre esta idea. ¿A qué crees que se deberá esto hermanita?- preguntó la joven y audaz Monique con cierto aire especulativo.
-Dicen que a padre se le ve bastante cortés últimamente con la señorita de la casa alta. Desde que madre ya no está con nosotros (mientras se santiguan ambas) a padre se le ha visto de mil maneras, y que quieres que te diga, no es quizás la mujer que más me guste para padre, pero si no hay otra mejor…
-¿Por qué dices eso Molly, acaso esa mujer no conviene a padre?
- No lo sé hasta que la conozca bien bien. Por lo que me da, y yo sé que mi instinto casi nunca falla, esa mujer no es cien por cien de fiar, algo guarda y si va en serio con padre no dudes que escarbaré hasta encontrarlo.
-Pues cuidado hermanita, que tus uñas no fueron hechas por Dios para que las ensucies en la búsqueda de trapos sucios de otras personas.
Monique acababa de arrancar una mueca, una media sonrisa picarona de su hermana, la cual, con paso firme subió los dos peldaños que había justo antes de la tienda de telas de Rose y entró por la puerta que con su campanilla avisaba a la ya anciana Rose de que tenía clientes.



James había empleado la mañana para dar una vuelta por el pueblo, quería ir familiarizándose con su nuevo hogar. Entró en la zapatería. Allí conoció a Mark y a su hijo, el aprendiz, Howard. Había entrado para que le arreglase las suelas de unas botas altas.
-Son de muy buena calidad- exclamó Mark.- ¿dónde las compró señor Buster, si puedo saberlo?
-Si le soy sincero Mark, no lo sé, me las regaló mi padre hace unos años ya. Me encantan esas botas. No me las quitaría por nada del mundo salvo porque no puedo pisar tierra firme con esas suelas tan desgastadas.
-Ha debido andar mucho para desgastarlas tanto señor- dijo Howard para entrar en la conversación.
-La verdad es que sí, he venido casi desde la otra punta de la nación a pie- dijo James mientras dejaba boquiabierto al joven aprendiz.
-Las botas las tendrá listas en un par de días, espero que mientras tanto pueda ir tirando con esos botines.
-Muchas gracias Mark, en un par de días nos veremos entonces. Hasta entonces Howard.
-Que tenga un buen día señor Buster.
Justo al salir de la zapatería, James se topó con el alcalde Griffin.
-Lo siento señor, espero no haberle lastimado. Soy James S.Buster. Acabo de llegar al pueblo y, aún cómo ha podido notar, no me he hecho con los sitios y ando un poco a ciegas.
- James, tenga más cuidado, a mi edad, y si encima me llega a pillar con unas copas encima, seguro que me hubiese inflado tanto las pelotas su choque que no hubiese dudado en recriminarle cualquier cosa o incluso, quien sabe, le hubiese pegado un tiro para apartarlo de mi camino, del camino del alcalde, John F.Griffin. (le guiño un ojo mientras le estrechaba la mano al atónito James)
-Vaya, no me esperaba tan buen sentido del humor en este pueblo.
-Aquí somos así muchacho, pero no creas que tampoco te he mentido con lo que pasaría si nos pillas con copas de más.
-Entonces tendré que salir armado señor.
-Mal harías si no portas un arma sobre tus caderas joven.
-Bueno es saberlo alcalde. Si no le importa, he de marchar ya al hostal de Marie, la comida es a las dos y no me gustaría hacerla enfadar con mi retraso.
-No haga esperar a esa mujer, ¡qué mujer! Espero verle al anochecer por el bar, habrá espectáculo de las cabareteras y partidas de póker y siete y media.
-Acepto encantado su propuesta alcalde, allí nos veremos- de nuevo estrecharon su manos y James se despidió haciendo el saludo militar tocándose la punta de su sombrero.

lunes, 16 de mayo de 2011

C-1

Amanecía y el fresco viento de las primeras horaas del día le golpeaba en el rostro, le movía el pelo y le hacía sentir que las 3 horas dormidas durante la noche habían sido pocas para lo que hoy le iba a acontecer el día.

Con paso firme, nuestro misterioso caballero se disponía senda arriba camino al pueblo más cercano. Llevaba camisa blanca, pantalón vaquero marrón, botas camperas, chaqueta de piel hasta pasada un poco la cadera, pañuelo al cuello tapándole parte de la cara para protegerle del viento y sombrero de cowboy demasiado calado, casi a la altura de las cejas.
22 millas marca el pedrusco que deja rápidamente a la derecha del camino por el que pasa. El sol ya le da en la espalda a una altura aún demasiado baja. Casi al mismo ritmo, una ignorante perdiz parece que quiere acompañarle. Le envía algunos saludos, pero nuestro amigo no está para saludos de animales que no sean los de su especie. Aminora el paso. La perdiz se adelanta unos metros. El caballero se para, postra una rodilla en el suelo semiembarrado, con cuidado desenvuelve de su manta el rifle que conserva de la guerra que le regaló su padre. Lo calibra, lo asienta sobre su cuerpo, se santigua y dispara. No falla. Un revuelo de otros pájaros de la zona alertan a similares presas de que algo acaba de suceder. Nuestro caballero, con rostro serio, sereno, se levanta, guarda el rifle, se quita el exceso de barro que se le ha acumulado en la rodilla y se acerca a por su trofeo. Acababa de conseguir comida.

Mientras prosigue de nuevo su camino, ahora más en silencio que nunca, va distrayéndose al desplumar y despellejar a nuestra querida perdiz. Cuando el sol ya le calentaba en exceso la nuca, decidió parar a la sombra de un frondoso árbol. Depositó su macuto y el resto de pertenencias. Se acercó a un arbusto, lo miccionó. Ya estaba mucho más relajado. Ahora tocaba ir a por leña para hacer un pequeño fuego donde cocinar a nuestro primer finado, la perdíz.



El final del camino se acercaba, a lo lejos ya podía divisar la torre alta de la iglesia del pueblo. El sol ahora lo tenía de frente, cuan rival espera a desenvainar la pistola y comenzar el duelo. El cansancio acumulado de todo el día le hace aminorar cada vez más el ritmo del paso.
Al entrar por el puente que da acceso al lugar, ya se siente tranquilo, su viaje acababa de llegar a su fin. Rápidamente buscó habitación en el únoico hotel.
Tras abrir la puerta un tintineo de campanillas avisó a la recepcionista de la llegada de un nuevo huesped:
-Bienvenido a nuestro hotel caballero ¿en qué puedo ayudarle?
-Me gustaría pasar unas noches aquí, ¿tiene alguna habitación disponible?
-Sí, cómo no, la habitación 14 está disponible. Aquí tiene la llave. Se accede subiendo por la escalera de la derecha. Es la última habitación del pasillo. No tiene malas vistas. Sonreía la pequeña y jóven que atendía a nuestro caballero. Son 15 centavos la noche, señor. Si es tan amable de firmar aquí, perfecto. La habitación es toda suya señor.
Los desayunos, comidas y cenas son a horas en punto, 8, 14 y 21 horas. Mi nombre es Marie, me tiene a su entera disposición. Que pase una feliz estancia.
-Muchas gracias Marie, mi nombre es James, James S.Buster. No dude en que usaré sus servicios, pues aquí soy nuevo, y seguro que necesitaré un poco de ayuda los primeros días. Se llevó la mano a la punta del sombrero y saludo a modo de hata luego acompañándolo de un guiño que dejó a la joven Marie con color en las mejillas y una sonrisa tontorrona.

James S.Buster acababa de llegar a su nueva casa. Se había acomodado ya. Rezó sus oraciones de la noche al pie de la cama y, tras reflexionar lo acontecido en el día, dio gracias y se acostó. El sueño, debido al cansancio del viaje, le invadió enseguida.Pero lo que James aún no sabía es lo que le iba a deparar ese lugar durante su estancia.